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Usuario Experto
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Decía Antonio Machado que la vida es un camino que se recorre paso a paso, cada uno de los cuales vendría a ser irreversible. Bueno, él lo decía más poéticamente, ya sabéis: “Al andar se hace camino/ y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar”. Pasito a pasito en definitiva. O como cantaba Serrat al versionarlo: golpe a golpe, verso a verso.
Sea como fuere, lo cierto es que el último paso, el definitivo, sería el que nos conduciría a esa oscuridad sin retorno que ha de ser la muerte (y digo “ha de ser” porque nunca he estado allí ni conozco todavía a nadie que lo haya estado). Pero sí, morirse sería el último paso, quizá un paso más largo que los otros, dado con más intensidad, extendiendo si acaso más las piernas y tal vez cerrando los ojos para evitar el vértigo, porque seguro que la muerte provoca vértigo incluso a los más valientes. Eso es al menos lo que me dijo hace tiempo, durante una tarde de soledades compartidas, un amigo con el que me tomaba una copa en la barra de un pub irlandés, uno de esos pubs de vieja madera con olor a whisky y a cerveza negra. Agarrado a su copa me hablaba del vértigo de la muerte y los ojos se le velaban de una película lacrimosa que no sé yo si obedecería a la turbación por lo eterno o simplemente a la cogorza que empezaba a pillar, o quizá a las prodigiosas tetas con que la naturaleza quiso dotar a la camarera que nos atendía en aquel momento.
Pero no, yo no quería hablar de tetas, mucho menos de la muerte, a fin de cuentas imagino a esta última como a una señora muy fea, con una verruga muy grande en la nariz y dientes cariados, siendo que yo adoro, por el contrario, la belleza. Prefiero por eso hablar de esos pasos previos al último, los pasos de la vida, esos que permiten conocer lugares y gentes, los que conducen a parajes luminosos o a páramos sombríos, los pasos que provocan alegrías o infunden tristezas, los pasos que, a medida que con ellos avanzas, te conectan con seres insospechados o, por el contrario, hacen que dejes a otros en la cuneta, algunos de gran calado, otros más fugaces, efímeros como las tormentas de verano; pasos a los que acompañar pueden tanto séricos amaneceres como noches de orfandad, dorados crepúsculos o tardes cenicientas, días grises u horizontes azules; pasos que traen aromas de magnolias o tufos de albañal, soledades y compañías, grietas y resurgimientos. Golpe a golpe, verso a verso.
Cuando reflexiono sobre ello me gustaría perder la mirada en el mar, ese portento azul que hipnotiza y atrae como el imán lo hace al hierro… Me pregunto por qué el mar tiene ese inmenso poder de encandilamiento. Quizá sea debido a los cantos de las sirenas que aletean bajo sus aguas, esas que por lo visto han sido la perdición de tantos marinos a lo largo de los siglos, pobres infelices que se dejaron seducir por sus cantos y encantos…. Pero, por desgracia, donde vivo no hay mar, de modo que me he de limitar a imaginarlo, o bien, si hay luna llena, lo sustituyo por ésta (¿os he dicho ya que soy licántropo?), y miro entonces la luna, con su cara de queso de Burgos, y me digo que allá arriba nadie da pasos, que no hay nada en la luna que tenga que ver con el ser humano, salvo si acaso alguna que otra banderita de Yanquilandia, y caigo entonces en la cuenta de que es precisamente esa ausencia la que cautiva, por todo lo que tiene de puro, de impoluto, de prístino, y que si en un futuro más o menos lejano llega a ser por el hombre colonizada y se erigen en ella ciudades llenas de edificios, avenidas, coches y museos, se desvanecerá entonces su hechizo para tornarse vulgar como una ramera mil veces fornicada, y dará igual que se monten también en los cráteres de su lado oculto pubs irlandeses servidos por camareras sexys donde, agarrados a una copa de whisky o una pinta de cerveza negra, poder filosofar sobre los pasos de la vida, porque habrá ineluctablemente perdido toda su magia.
Pero mientras todo eso sucede, si es que sucede, nada nos impide seguir mirando la luna o el mar, o las tetas de esa mujer que a su vez nos mira con un fulgor de deseo en sus ojos lanceolados, o lo que cada cual quiera mirar o imaginar, al tiempo que proseguimos nuestros pasos por los senderos de la vida, esos que tantos meandros y bifurcaciones esconden; un paso, y luego otro, y otro, y otro más, hasta ese último paso de vértigo del que no quiero hablar hoy, la última zancada, la que ciertamente nos lleve a la cara oculta de la eternidad.
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