|
Usuario Experto
Registrado el: 11-September-2014
Mensajes: 5.103
Agradecimientos recibidos: 2353
|
Sí, los paraísos. ¿Cómo los imaginamos?
Supongo que cada uno tiene en mente una idea más o menos concebida de su paraíso ideal y, con mayor o menor convicción, anhela alcanzarlo. Pero ¿existen de verdad? ¿Es real ese fulgor con el que los paraísos nos fascinan o, más bien al contrario, constituyen una abstracción quimérica que nuestra mente, ávida de gozos, conforma a modo de extraordinarios enclaves?
Personalmente, considero que todo paraíso viene a ser en el fondo tan solo una entelequia que cada cual concibe azuzado por el afán de aprehender con las manos (o con el alma, o con el corazón, o con las mismas tripas si se tercia) esa escurridiza piedra filosofal que se ha dado en llamar felicidad. De hecho, el mismo concepto de paraíso aparece ya de por sí envuelto bajo una capa fantasiosa que en cierto modo delata su naturaleza apócrifa, una especie de sueño de la razón que, por mucho empeño y tenacidad que se ponga en su mantenimiento, tarde o temprano terminará por desvanecerse como se desvanece una voluta de humo en el aire, destrozado por las despiadadas garras de la realidad, una realidad que se mantiene siempre al acecho para convertir en jirones cualquier ilusión.
Sospecho que mis palabras pueden sonar un tanto duras. Sí, lo admito. Pero ¿acaso no es dura la propia vida en sí misma? “Dura vita, sed vita”. Es éste un aforismo latino que viene a decir que la vida es dura, pero que qué diablos, es la vida…. Y siendo así, ¿por qué ese ansia por concebir paraísos, edenes y nirvanas que, habida cuenta su etérea naturaleza, terminarán siendo abortados? ¿Por qué empecinarnos en avivar fuegos que, pese a su candente materia, terminarán extinguidos en un montón de estériles cenizas? ¿Es esa una actitud sensata?...
Lo cierto es que resulta muy difícil, al menos para mí, responder a estas cuestiones con un tajante sí o no. Es demasiado complejo. A lo sumo me atrevería a recomendar el goce de dichos fuegos, por muy delicuescentes que sean, mientras frente a nuestros ojos hipnotizados contoneen sus llamas como sensuales bailarinas, ejercer de Dionisos para solazarse en los encantos de tales ménades concebidas de ígnea materia, dejarnos seducir por sus cantos de sirena, esos que nos impelen a penetrar en el interior de sus entrañas flameantes, lamidos por sus sensuales lenguas de fuego que, voluptuosas, se ofrecen a nuestros sentidos ávidos de placer, abandonar éstos a su poderoso hechizo y embriagarnos en la ofrenda, gozando de esa ardentía que los ciega, que los fortifica y conduce hasta los arriates donde florece el éxtasis, hasta en definitiva los vergeles del paraíso…. Pero sin dejar de tener presente, no obstante, su naturaleza quimérica, sin perder el norte, saborear el placer conscientes de que, pese a todo, será efímero, sabedores de que en el fondo todo es terrenal, que no existe como tal el anhelado paraíso, que éste no es al fin y al cabo más que un mero espejismo, un espejismo que, como les sucede a todos los espejismos, acabará tarde o temprano desvaneciéndose en la propia nada que lo configura.
|