Paseaba yo esta tarde por el Retiro de mis entretelas, aprovechando que hacía algo menos frío de lo habitual en estas fechas, cuando me vino a la cabeza cierta estampa del pasado en que yo recorría esos mismos parajes en compañía de una chica a la que por aquel entonces quería. Recuerdo cómo ella derramaba lágrimas por una discusión previa que habíamos sostenido y cómo en un momento dado nos sentamos en un banco del parque. Yo estaba callado y taciturno, bastante enfadado, por lo que apenas si pronunciaba ríspidos monosílabos en respuesta a sus frases, que eran la mayoría de ellas de disculpa y contrición, hasta que en un momento dado terminé por estirar mi largo cuerpo en el banco para apoyar la cabeza sobre su regazo. Hacía frío, pero allí tumbado se estaba bien. Ella me acariciaba la mejilla con ternura, gesto con el que poco a poco logró que se fuera sofocando mi previo reconcomio.
El caso es que yo soy una persona muy imaginativa (por algo mi principal afición es la escritura), de modo que en un momento dado me dio por figurarme todo aquello como una escena de película, algo así como si un director invisible estuviese con su cámara, asimismo invisible, rodándonos desde algún escondido ángulo del parque. Se trataba, cómo no, de una película romántica, una película cuyos dos protagonistas se abrazaban en silencio sobre el banco de un parque durante una mañana otoñal, ella con los ojos enrojecidos por haber llorado, él (yo) con la melancolía jugando a hacer tirabuzones con su alma, y, como si el invisible director hubiese dado una orden de acción, tuve entonces el arrebato de, en efecto, abrazarla, cumpliendo así el guion de aquel film hecho de silencios, pesares y lágrimas, de modo que la abracé con ternura y la besé muy dulcemente en los labios, una y otra vez, dejándome llevar por la fuerza de un sentimiento enardecido, e incluso llegué a percibir cómo de fondo, a modo de banda sonora de la película, sonaba el adagio de Albinoni, convencido de que no podía haber música más apropiada para una reconciliación como aquella…
Fue un hechizo de la imaginación, un hechizo que duró lo que duran esa clase de hechizos, esto es, un intervalo de tiempo más o menos fugaz, pero lo suficiente empero para que de nuevo la magia del amor anegara un corazón como el mío, poco antes apenado.
La realidad se impuso, sí, y yo reparé en que no había ningún cineasta con su cámara a cuestas, así como que de fondo no sonaba Albinoni, sino el soplo de un viento frío y, más a lo lejos, los cláxones impetuosos de los coches; pero, como digo, a esas alturas ya daba igual, pues de nuevo había empezado yo a sentirme radiante, sin apenas ya síntomas de enojo, con lo que me importaba un comino que la realidad se hubiese impuesto a la imaginación, como siempre por lo demás lo hace, incluso en los que, como yo, somos patológicamente imaginativos.
No me digáis que no es una música preciosa: