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Antiguo 18-Dec-2022  
Usuario Experto
Avatar de Danteojos
 
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Supongo que, con mayores o menores reservas, casi nadie osa poner en duda que la mera circunstancia de tener una pareja estable no constituye de por sí salvaguarda alguna contra la atracción o el deseo hacia un tercero (o cuarto, o quinto, o duodécimo) en discordia. Ahora bien, frente a esas embestidas del deseo, ¿resulta preferible apartarse o, por el contrario, abrir los brazos a su encuentro? No cabe duda que resulta esta una cuestión peliaguda a la que cada cual ofrecerá una respuesta sobre la base de sus particulares convicciones y principios de índole moral o ética. Quienes me conocen saben que soy un hedonista convencido que no le hago ascos a casi nada de lo que me pueda en un momento dado procurar felicidad o placer, de manera que mi parecer en esta cuestión ha de resultar por fuerza un tanto viciado (que no vicioso). Es por ello por lo que me agradaría contrastarlo con otros más mesurados.

Hay quienes consideran que, con independencia de que se mantenga una relación puntual de pareja, resulta de necios cerrar los ojos al amor, al deseo o a cualquier otra emoción estimulante, emociones que son en sí mismas (o deberían al menos serlo) fuente de dicha y goce, por más que en determinados casos, todo sea dicho, puedan también serlo de soberanos quebraderos de cabeza. Otros sostienen, en cambio, que dominar esa clase de deseos es lo que precisamente nos eleva a la condición de humanos, diferenciándonos en ese aspecto de los meros animales, que se moverían sólo por instinto.

En lo que a mí respecta, tengo que confesar que me siento mucho más identificado con la primera que con la segunda de las posiciones, aun siendo sumamente respetuoso con ambas, como no podía ser de otro modo. A mi juicio, el hecho de que alguien te provoque atracción, incluso que llegue a atraparte en las fragosas redes del amor, resulta, además de perfectamente natural, algo estimulante y sugestivo al máximo, no en vano el deseo (y el amor como ramificación más afianzada del mismo) vendría a ser la pimienta y salsa encargadas de dar una especial sazón a la vida, haciendo de ella un plato capaz de alcanzar las más elevadas excelencias. ¿Por qué entonces reprimir el empuje del deseo y cercenar sus alas incluso antes de que hayan llegado a florecer? ¿Por qué poner freno a las pasiones cuando estas acostumbran a traer sus alforjas llenas de exquisitos manjares?

Reconozco que ese tipo de renuncias no va con mi manera de entender la vida, supongo que porque soy de los que piensan que ésta se compone únicamente de momentos y que desperdiciar los que vienen aderezados con la necesaria pimienta y las más deliciosas salsas no es de buenos gourmets que se diga. Quizá por ello aplaudo aquel viejo apotegma que viene a decir que “no existe mejor forma de vencer una tentación que dejarse arrastrar por ella”. El caso es que sin salsa y sin pimienta la vida tiende a adquirir una densa textura de tedio y rutina, peligrosa en cuanto a tal, pues ¿acaso alguien quiere que la rutina y el tedio se encastillen dentro de sí mismo? No niego que de vez en cuando venga bien un poco de rutina, una navegación tranquila sobre aguas calmas que permitan disfrutar del sereno paisaje que servir pueda de marco a la travesía de la vida, pero más allá de eso, lo que realmente provoca verdaderas descargas de dopamina, serotonina, adrenalina y otras muchas de esas extrañas “inas” que contienen la ambrosía de la felicidad no es sino acometer esas otras procelosas aguas que de cuando en cuando aparecen frente a nuestra nave con toda su incontenible pujanza, aun incluso con el riesgo implícito que supone terminar ahogados en ellas.

Sea como sea, abogo por disfrutar cada experiencia al máximo y sin remordimientos sobrevenidos (siempre que esto último sea posible, obviamente, ya que los remordimientos actúan, por desgracia, al margen de nuestra santa voluntad), y con tan legítimo fin dar rienda suelta a nuestras pasiones, a nuestros deseos, a nuestro instinto, en definitiva. Y en caso de rechazar tan estimulante reclamo, que sea porque tenga cada uno el pleno convencimiento de que no le resultarán provechosos, porque de verdad prefiera las aguas plácidas (que tan respetable y válida es una postura como la contraria), no porque así lo establezcan normas que impongan la sumisión a rancios prejuicios, espurios dogmas o adulterados convencionalismos. La vida son al fin y al cabo dos días mal contados y, desde mi punto de vista, todo lo que dejemos pasar en ella sin disfrutarlo convenientemente, habiendo tenido ocasión de hacerlo, es un desperdicio, algo que posiblemente nos atormente además el día de mañana, cuando ya no exista posibilidad alguna de dar marcha atrás.
 
 


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