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Antiguo 16-Oct-2014  
Usuario Experto
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Uno de los relatos más tristes que he leído en mi vida es el titulado precisamente “La tristeza”, de Anton Chéjov, donde narra cómo, bajo el escenario de una intensa nevada, un cochero va contando a sus clientes la desolación que siente por la muerte de su hijo la semana previa; ninguno de tales clientes le hace caso, bien porque están borrachos, bien porque andan absorbidos por sus propios pensamientos y quehaceres; la nevada se convierte finalmente en cellisca y el cochero tiene que volverse a casa, sin haber obtenido dinero suficiente ni para alimentar a su caballo; habla con el caballo y le pide disculpas, y eso en cierto modo le reconforta, pues piensa que al menos puede hablar con un ser vivo, su caballo.

En este relato la tristeza del cochero se justifica en diversos motivos: la muerte del hijo (el principal de todos), el trato despectivo que recibe de los clientes, la falta de dinero, la soledad, la climatología adversa…. Digamos que todo el relato está impregnado de una tristeza que se entiende plenamente justificada.

Ahora bien, en ocasiones la tristeza acude a uno sin causa aparente, sin ningún motivo o razón que justifique su llegada, sino que se presenta porque sí, sin más. Quiero decir que la tristeza no tiene siempre una causa definida o cuando menos explicable.

“Estoy triste”, dice alguien en un momento dado, y lo normal es que quien lo escucha piense de inmediato en que se le ha muerto alguien, o que está enfermo, o que perdió el trabajo, o que se le truncó alguna relación sentimental… Siempre se busca una causa… Y, sin embargo, aún con toda la familia vivita y coleando, con una salud a prueba de bombas, con un trabajo excelentemente remunerado y una vida sentimental plena, hay días en que las nubes se espesan para impedir el paso de la luz y entonces, sin poder remediarlo, uno se siente triste, jodidamente triste, sin ninguna causa que lo justifique más allá de esa espesura y ausencia de luz.

Y es que la tristeza viene a veces porque sí, sólo porque sí.

O tal vez sea que la tristeza no está siempre en la pérdida o ausencia de lo deseado, sino también en la pérdida o ausencia del propio deseo, siendo así que no sepamos responder a la pregunta de por qué hemos dejado de desear lo que antes deseábamos, cuando resulta que ese deseo nos hacía, si no felices, sí al menos esperanzados.
 
 


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