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Antiguo 10-May-2015  
Usuario Experto
Avatar de Danteojos
 
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Quizá sea la pérdida de la inocencia el mayor precio que ha de pagar el ser humano por hacerse adulto. Quizá la consciencia de esa pérdida sea también una de las cosas que más dolor producen en el alma.

Y es que con la inocencia se pierden además muchas otras cosas que con ella suelen marchar estrechamente ligadas, como la espontaneidad a modo de respuesta recurrente, la frescura ante lo novedoso, el atrevimiento por descubrir lo no vivido, el escudo protector de la ignorancia, la ingenuidad sin fisuras, el deseo sin pudor... Sin apenas darse cuenta, el otrora niño se vuelve suspicaz, receloso, prudente, reflexivo, cínico..., y ya no piensa en la posibilidad de volar sin alas, ni de dar o recibir un beso a hurtadillas mientras juega al escondite, ni en escribir versos sobre amores imposibles... Sin apenas darse cuenta, el otrora niño se ha hecho mayor y, agobiado por unas responsabilidades, compromisos, deberes, exigencias y gravámenes difícilmente compatibles con la edad de la inocencia, se maquilla, se opaca y enceguece.

En algunos la metamorfosis resulta tan brutal, que de ellos no queda ni rastro del niño que en su día fueron. En otros, en cambio, los que gocen por naturaleza de una sensibilidad más acentuada, la inocencia perdida puede, con algo de suerte, transformarse en ternura y sensibilidad, lo que les permita saborear aún de las pequeñas cosas de la vida, incluso cuando esta última descargue sobre ellos toda su pléyade de requerimientos.

Porque la vida es dura, en efecto, muy dura a veces, incluso insoportable en ocasiones, pero eso no debería ser óbice para apreciar la belleza de un cielo henchido de luminares, o deleitarse con el silbido del viento al escurrirse entre las hojas de los árboles, o anegarse del aroma de un ramo de crisantemos húmedos, o admirar el eterno ciclo que sol y luna componen en su perenne rotar. Son pequeñas cosas, pequeños hábitos que a veces pueden redimirnos del pecado de haber perdido la inocencia
 
 


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