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Antiguo 27-Oct-2014  
Usuario Experto
Avatar de Danteojos
 
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Suele decirse que la mujer, hablando en términos generales, tiende en ocasiones a exhibir un carácter antojadizo y volátil, o que a veces se deja llevar por la frivolidad, o que busca utilizar sus peculiares armas de seducción con fines inquietantes o incluso aviesos, armas capaces por otro lado de derribar por sí mismas tronos y estirpes.... Es posible, sí, aunque, como toda generalización, sería sumamente matizable. Ahora bien, aun en el caso de que fuese así, eso también formaría parte de su encanto, como lo son el resto de cualidades encomiables que acostumbran a hacer ornamento en ella: exquisita sensibilidad, perspicacia admirable, constancia y tesón, afabilidad, ternura....

¿Que a veces es difícil comprenderlas? No lo dudo, pero justo ahí radica gran parte de su innegable hechizo, en ese misterio que las ciñe cual etérea aureola y hace de ellas seres dignos de pleitesía y adoración, capaces tanto de generar tempestades y causar indecibles padecimientos, como de proveer innúmeros placeres y extraordinarios deleites. En el fondo son como la luna: provistas de una cara oculta que rara vez muestran a nadie.

La mujer es un ser temperamental, salvaje en ocasiones, incomprensible muchas veces; pero como todo lo temperamental, como todo lo salvaje, como todo lo incomprensible, lleno de encanto y sortilegio…. Y el hombre, ser simple y cándido por naturaleza, se encuentra a menudo obnubilado ante tanta y tan maravillosa complejidad, ante ese otro ser que le sorprende a cada instante, ante ese ser capaz de mostrarse hoy fría como un témpano y al día siguiente ofrecerle la más cálida de las sonrisas, ante ese ser capaz de arañarle hoy con sus uñas de gata y al día siguiente lamerle con su lengua húmeda, ante ese ser capaz de conmoverle con una lágrima, de trastornarle con un gesto, de desafiarle con un mero guiño de ojos, de sumergirle en vórtices de placer ilimitados.

De este modo, los hombres enloquecemos ante el sublime espectáculo de la grandeza incandescente de la mujer, de esa sacerdotisa cuyos misterios, al propio tiempo que nos sobrecogen, nos atraen como el pasto al rocío.

No resulta anómalo en ese sentido que a determinados hombres llegue a asustarles un ser tan excepcional, tan complicado de escudriñar, de comprender, de asimilar…, y ese desconocimiento envuelto en temor es lo que lamentablemente lleva muchas veces a que aflore la misoginia y el machismo más deplorable. En el fondo los machistas y misóginos son justamente eso: unos cobardes a los que asusta enfrentarse a una situación que por todos lados los desborda, y esa pusilanimidad es la que les conduce a, en lugar de aceptar los misterios de la mujer como algo insondable, en lugar de disfrutar de su belleza y encanto, en lugar de gozar de su magia, convertirse en bárbaros toscos y mezquinos que se revelan contra su magnificencia y buscan a toda costa ensuciarla y dañarla con desatada crueldad.
 
 


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