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“Haz que la cama sea amplia,
que sea hecha con cuidado;
y espera en ella el postrer juicio,
sereno y perfecto.
Haz que el colchón sea recto,
y redonda la almohada,
tal que ni siquiera el sol
llegar pueda a perturbarla”
La lectura de estos tristes versos de Emily Dickinson, versos donde exterioriza cómo querría disponer su lecho para la hora de la muerte, me trajo a la cabeza una antigua amante que, con similar meticulosidad a la poetisa estadounidense, gustaba de disponer la cama antes del sexo.
Era curioso verla alisar las sábanas, ahuecar las almohadas, nivelar el colchón…, con un cuidado y una templanza tales que parecía estar llevando a cabo una especie de liturgia ceremonial, un rito sacro previo a la fusión de la carne en el acoplamiento de los cuerpos. Hasta el hecho de desvestirse lo llevaba a cabo con una especial parsimonia.
Luego, sin embargo, era todo un volcán en erupción, de manera que se convulsionaba y gemía como si el universo entero fuese a explosionar dentro de ella, con unas sacudidas crecientes que alcanzaban su epicentro en el momento del orgasmo, en el que se dejaba ir mediante arrebatados gritos a través de los que parecía escapársele el alma.
Aquel contraste entre la previa compostura y el paroxismo ulterior resultaba realmente impactante; era como si necesitase toda esa ritual predeterminación por motivos sedantes, digamos que para alcanzar una sensación de seguridad interna antes de enfrentarse luego, con total furia y fiereza, al encarnizado paroxismo del sexo, que venía a ser sin duda un elemento esencial en su vida.
Han pasado muchos años desde la última vez que la vi. De hecho, no sé dónde estará ella ahora… Ni siquiera sé a veces dónde estoy yo.
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