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Antiguo 18-Apr-2013  
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Hola a todos.

En este foro se suelen difundir relatos que se viven por intervención de cupido pues cuándo se está influido por sus efectos nace la necesidad de manifestar lo que el amor aviva, despierta, o lo que sea que nos provoca y he aquí, que se anhela un púlpito desde donde pregonar unas vivencias que nos parecen extraordinarias porque nos afectan en lo más profundo, y se desea compartir las alegrías que el amor proporciona o encontrar consuelo a sus desaires. Historias que los protagonistas consideran importantes pero que a los demás les pueden parecer pueriles o intrascendentes.

O puede ocurrir que la historia no trate del amor pero aun así, también se tiene necesidad de exponer en una tribuna virtual las extrañas experiencias que la vida otorga, como la que he vivido con una misteriosa mujer cuya visión casi me cuesta lo más preciado que tengo, y me impresionó de una manera atroz.


Hace dos semanas fui a una rocosa calita donde las olas acostumbran a disiparse plácidamente. Un lugar aislado de la costa mediterránea que solía frecuentar. Su acceso es complicado y hay que lidiar con la dificultad que las rocas te enfrentan para llegar a ese pequeño paraíso.

Cuando me acercaba divisé una persona a lo lejos precisamente en la zona que suelo ocupar. Me quede perplejo pues estando a principios de abril en ese lugar tan recóndito no esperaba encontrar a nadie como sucede siempre, y me importunaba que hubiesen descubierto mi edén.

Me aproximaba lentamente con la esperanza de no ser visto. Tampoco quería molestar a quien fuese. Pensé, que si ese individuo logró llegar hasta mi rincón con la dificultad que entraña, sin duda buscaba el aislamiento y la calma que ese lugar ofrecía.

A cierta distancia distinguí sorprendido que era una mujer. Llevaba un vaporoso vestido blanco y permanecía sentada sobre una roca con el rostro vuelto hacia el mar. Me sentí incitado a acercarme más. Ya no me importaba delatar mi presencia. Avance entre las rocas hasta que pude ver el perfil de su rostro. Me intrigaba su absoluta inmovilidad, su inexpresiva pálida cara y la aparente inconsistencia material de su silueta casi trasparente. Me acerque aún más para que advirtiera mi presencia y dirigiera su mirada hacia mí. Su visión periférica tendría que haberme percibido sin embargo su cabeza continuaba inmóvil. Decidí saludarla ¡Hola! No se movió. Un insólito impulso me obligó a continuar avanzando hacia ella sin dejar de mirarla, pero al disponerme a llegar a su lado ocurrió algo inesperado.

Donde yo creía encontrar piedra para mis pies no hallé nada y me sentí ingrávido cayendo hacia el fondo de una abertura entre las rocas. Nunca aprecié tanto la relatividad del tiempo como en ese dilatado instante mientras caía, con el pensamiento de la muerte tan presente. Mi cuerpo colisionando contra las ásperas y cortantes rocas y un golpe brusco en mi cabeza. La caída se había detenido. Yacía sobre mi costado derecho encima de mi mochila y permanecía consciente. Mi cabeza había chocado sobre algo blando. Me la palpé con los dedos buscando sangre pero estaba intacta y ni siquiera me dolía. Me incorporé dolorido para mirar que había amortiguado el golpe. Encontré pelos cercenados y la gruesa goma con que los recojo. Mi espesa coleta y la goma se habían interpuesto entre la roca y mi cráneo atenuando el impacto. Tuve mucha suerte. Había caído desde casi tres metros sobre sólidas y afiladas piedras y sólo tenía milagrosamente magulladuras y raspaduras.

Me levanté para trepar y salir de esa grieta. El dolor de mis heridas se agudizó y mi costado derecho empezó a dolerme. Respiraba sin dificultad y no parecía tener alguna costilla rota. Vi que sangraba por el tobillo izquierdo saqué un pañuelo de mi rasgada mochila y lo até para taponar la sangre.

Hice un primer intento por ascender pero no pude. Esperanzado en que la mujer me pudiera auxiliar grité ¡Por favor podría ayudarme! Nadie respondía. Volví a gritar más fuerte y el silencio que surgió a mi grito me pareció terrible. El miedo a no poder salir de ese agujero hizo fluir la adrenalina por mis venas. Me encaramé a la pared de una roca y no sé cómo empecé a subir. Cuando estaba ascendiendo una sombra se proyectó cruzando por encima de mí, como si algo hubiese pasado por el borde del agujero. Grite ¡hay alguien! Pero sólo escuche un silencio espantoso. Un escalofrió recorrió mi cuerpo y mi piel se erizó. Empecé a experimentar un terror que desconocía.

Logré salir espoleado por la rabia y el miedo observándolo todo sobrecogido pero allí no había nadie. No habían transcurrido cinco minutos desde que caí, la mujer había desaparecido y un aislamiento brutal me trastornaba. Ahora el lugar me parecía amenazador y maligno y deseaba irme de allí cuanto antes. Mientras marchaba deprisa miraba a todas partes espantado y nervioso y cavilando que pudo pasarle a esa mujer, y si tal vez había visto a un espectro.

Al llegar a casa me curé las heridas y me planté delante del televisor para no pensar en mi experiencia de la tarde pero fue en vano. No dejaba de especular sobre ella. Durante la noche tampoco dormí intentando encontrar respuestas a lo sucedido.

Cuando amaneció quise volver pero me encontraba molido por la caída. Al otro día me acerqué con la esperanza de encontrármela y disipar la incertidumbre de si había vivido un suceso paranormal e inverosímil porque no creo en fantasmas, pero no me atreví a adentrarme en ese solitario lugar. Fui dos veces más pero desde la distancia no vi a nadie.

Mi apreciación de esa zona ha cambiado. Su soledad antes apacible me intranquiliza y provoca miedo. Allí se presiente algo aterrador. Sé que el horror se encuentra entre esas rocas. Sólo mirarlas me provoca escalofríos. Ya no me atrevo a volver.

A pesar de los días transcurridos cuando recuerdo la imagen de esa mujer todavía me impresiono al punto, que he querido compartir la experiencia con vosotros, aunque nada tenga que ver con el amor y si con la muerte.
 
 


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