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Orfeo está considerado el más grande músico, cantor y poeta de toda la Grecia antigua. De casta le venía, no obstante, al galgo, pues no en vano era hijo de la musa Calíope, musa precisamente de la poesía. Se dice que su padre era además Apolo, el dios de las artes, aunque esta paternidad no está fehacientemente demostrada.

La voz de Orfeo era tan melodiosa que prácticamente no existía mortal, bestia ni incluso dios que no se conmoviera y quedase subyugado al oírla. Tal era su armonía que cuando formó parte de la expedición que junto a Jasón viajó en la nave Argo en busca del vellocino de oro, consiguió con su canto neutralizar el de las sirenas y evitar de este modo que los argonautas sucumbiesen a su hechizo y murieran por ellas despedazados (por cierto: las sirenas no eran, como casi todo el mundo piensa, seres con cola de pez y cuerpo de mujer bellísima, sino que tenían forma de pajarraco, eran agresivas al máximo y más feas que un demonio).

Orfeo se había casado con Eurídice, una mujer bellísima de la que estaba profundamente enamorado. Ambos eran muy felices y posiblemente hasta comerían perdices. Sin embargo, esta felicidad se truncó de golpe cierta tarde en que Eurídice paseaba tranquilamente por un bosque, cuando de repente, sin querer, pisó a una serpiente que estaba dormida. Como es natural, esta se revolvió tras el pisotón y, sin pensárselo dos veces, picó a su agresora. El veneno de la serpiente no tardó en entrar en la sangre de la desdichada Eurídice y acabar con su vida.

Desolado por la pérdida de su amada esposa, Orfeo decidió viajar hasta el mismísimo Tártaro para rogar a Hades, el dios del inframundo, que se la devolviera. Gracias a su portentoso canto, consiguió primero conmover a Caronte, el barquero, para que le llevase en su barca por la laguna Estigia y el río Aqueronte hasta el reino de Hades. Luego consiguió conmover igualmente a Cerbero, el fabuloso perro de tres cabezas que custodiaba la entrada al inframundo, por lo que le dejó pasar aun estando vivo. Finalmente, pudo también conmover con su canto al propio Hades, el cual, emocionado por tan deliciosa voz, consintió en que Orfeo se llevase de vuelta a Eurídice, excepción que nunca antes había consentido.

Ahora bien, Hades puso una condición y fue que durante el viaje de vuelta Eurídice debía marchar en todo momento por detrás de Orfeo, sin que en ningún instante pudiese este volver la cabeza para mirarla, hasta que ambos estuviesen ya en la superficie de nuevo, a salvo bajo los rayos del sol. Orfeo así lo hizo en un principio. Sin embargo, cuando ya él había salido del inframundo y estaba en la superficie, tuvo miedo de que Hades le hubiese tomado el pelo, de manera que no pudo resistir la tentación y durante apenas una fracción de segundo volvió la mirada para comprobar que, en efecto, Eurídice le seguía. Esa fue su perdición y la tragedia de ambos, ya que en ese mismo instante Eurídice se precipitó irremediablemente otra vez al reino oscuro de Hades. ¡Orfeo la había perdido por segunda vez y en esta ocasión ya para siempre!

Esta tragedia de amor de Orfeo y Eurídice ha inspirado a escritores y a músicos de todas las épocas. De hecho, son varias las obras de teatro y las óperas que tienen como protagonista principal a estos entrañables personajes. Recomiendo encarecidamente la ópera "Orfeo y Euridice", de Christoph Willibald Gluck. ¡Una maravilla para los oídos!

Siguiendo con la historia de Orfeo, ya sin Eurídice a su lado, decir que años más tarde, cuando Zeus decidió nombrar a su hijo Dionisos como uno de los doce olímpicos, Orfeo se negó a rendirle pleitesía, ya que consideraba a Dionisos un dios demasiado licencioso y frívolo que, como tal, daba mal ejemplo a los mortales. La verdad es que, por muy buen cantor y poeta que fuese, Orfeo era todo un mojigato, las cosas como son. De hecho, dicen que no volvió a enrollarse con ninguna otra mujer después de quedar viudo.

El caso es que Dionisos se enfadó mucho por esta afrenta de Orfeo, por lo que ordenó a sus seguidoras, las llamadas ménades (bacantes en Roma, donde a Dionisos se le llamaba Baco), que lo persiguiesen para darle muerte. Las enfurecidas ménades lo atraparon finalmente y, sin más preámbulo, lo decapitaron, cortaron su cuerpo a trocitos y arrojaron estos al río.

Las musas recogieron los restos del pobre Orfeo y los enterraron al pie del monte Olimpo, donde desde entonces los ruiseñores entonan sus dulces cantos en honor del malogrado artista. No obstante, las musas no pudieron recoger la cabeza de Orfeo, que siguió rodando por el río hasta desembocar en el mar. Hay quien dice que la cabeza por sí sola continuó cantando durante todo este tiempo. Finalmente, unos pescadores la rescataron y la enterraron en la isla de Lesbos.

Tras la muerte de Orfeo, Zeus decidió representar su lira en el cielo, creando de este modo la constelación llamada precisamente Lira.
 
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Hay una película de finales de los años 50 o principios de los 60, ambientada en Río de Janeiro, titulada "Orfeo Negro", una adaptación de este mito al siglo XX. Para quien le gusten las películas musicales, es una obra maestra.
 
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