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La tele busca extremos. Los extremos entretienen. Los extremos dan audiencia.
Si juntamos a Manolo el aprietatuercas del barrio, algo dicharachero, pero conservador y parco en palabras durante las visitas, con Lola, la hija de la peluquera, que tuvo un embarazo no deseado y está encantada con el cine romántico en blanco y negro, ¿Qué saldrá? Pues quizá salgan cosas, pero no darán audiencia.
Se prefiere a un tipo que de vez en cuando pegue unos cortes de espanto, que parezca medio bipolar, ya sea por guión o selección; y una tipa cuyas menstruaciones signifiquen algo parecido al fin del mundo. Ya si les dejamos que les entren mono porque son fumadores, o les ponemos música reguetón, les juntamos, a ver por dónde se desestabiliza la cosa... tenemos diversión garantizada.
La tele es para el cerebro lo mismo que los alimentos precocinados para la salud; un montón de edulcorantes artificiales y 0% natural. Hay que verlo con los ojos de quien ve el teatrillo, con algún que otro personaje freak que la lía, ya sea por ser así, por guión, o porque estar delante de una cámara le crece. ¿Acaso no lo saben los productores y continúan rodando? Lo demás hace aburrir a las ovejas, y luego los patrocinadores hacen como que se piran. Mal asunto.
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