|
La RAE define al “calzonazos” como hombre condescendiente y de débil carácter, esto es, un hombre de precaria personalidad.
Y yo, curioso por naturaleza, me pregunto qué piensan en realidad las mujeres de esta figura del calzonazos. Lo digo más que nada porque a veces me han sorprendido los esfuerzos de algunas féminas en procurar amaestrar al varón para hacer de él un ser dúctil y manejable (sí, no me miréis así, es algo que he observado con relativa frecuencia en determinado tipo de mujer), resultando paradójico que, luego de conseguido tal propósito, despotriquen con cierto resentimiento de su mansedumbre. ¿En qué quedamos, pues? ¿Por qué ese empeño de tales mujeres en cortar las alas de su tórtolo para después despreciar su docilidad?
No vendrían a ser uno ni dos los casos de este tipo, sino que hay bastantes: maridos o novios sumisos, callados, dóciles, a los que sus parejas –en lo que vendría a ser el colmo de la alienación- llegan incluso a menospreciar en público, menosprecio ante el que ellos se limitan a bajar la cerviz y exhibir una sonrisa de conejo, como si se tratara de bromas pactadas.
Lo cierto es que no deja de resultar curioso ese estigma que de ordinario acarrea la figura del calzonazos, debido a su resignado sometimiento a la férula de su pareja, y la satisfacción que, sin embargo, sienten determinadas mujeres cuando logran tenerlos atados así de corto, satisfacción que a su vez se contradice con esa fascinación cuasi novelesca hacia el indócil, hacia el pirata, hacia el “sinvergüenza”, hacia en definitiva ese sujeto que en los últimos tiempos ha dado en catalogarse bajo el epígrafe de “malote”.
¿Será que en el fondo las mujeres adoran a esos “malotes” por más que se sientan más seguras al lado de los buenazos de turno?
En fin, ¿qué sentimientos os provoca a vosotras ese tipo de individuos, los calzonazos? ¿Preferís a vuestro lado a un hombre dócil y complaciente o, por el contrario, a uno de indómito carácter? Venga, mojaros.
|