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Dura vita, sed vita. La vida es dura, pero aun así es la vida; eso quiere decir este latinajo. Y así es, no hay más misterio, si bien, bajo su fatalista y desgarrador mensaje, exhibe también un perfil alentador y hermoso que por sí mismo le otorga un alcance mucho mayor que el de esas otras frases huecas y engañosamente optimistas que con afán espurio tratan de vendernos un mundo color de rosa. ¿Y cuál es ese lado hermoso?, os preguntaréis. Pues ni más ni menos que el que nos permite conocer que somos libres para rendirnos sin trauma alguno a la hechicera espiral del caos, sentir sin culpa, gozar del vehemente remolino que en nuestro pecho generan las emociones, disfrutar de su empuje, aun en el supuesto de que sean pasajeras y no desemboquen en el océano que pretendíamos, vivir en definitiva, puesto que la vida, aun siendo dura, es la vida, y es nuestra, nuestra propia vida, de manera que estamos en cierto modo obligados a disfrutarla, sin falsos remordimientos, sin huecas ralladuras de coco, y en ese anhelo nunca, jamás, perder la esperanza de que así suceda.
Así, si la vida es dura pero porta esperanza en sus alforjas, acostumbra a provocar una sensación mucho más placentera que la falsa felicidad que, construida sobre frágiles cimientos, tiende a venderse con dicho nombre en rastrillos, ferias y bazares de todo a cien, y todo ello con independencia muchas veces de lo mansa, impetuosa o incluso dura que se presente la propia existencia.
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