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Confieso que uno de los placeres a los que con mayor delectación me entrego en las tardes de primavera y, sobre todo, de verano consiste en tumbarme sobre una hamaca en la terraza de mi casa y, o bien leer algo de poesía, como esos vibrantes sonetos de Shakespeare en los que el insondable bardo inglés destripa una y otra vez el amor, o bien contemplar desde allí las vistas que se me ofrecen, que en sí mismas vienen a ser también pura poesía, poesía hecha no con palabras, sino con imágenes, con color, con jirones de vida.
Me gusta en tales casos dejar la mente en blanco, alejado de problemas y preocupaciones, y dejarme llevar sólo por la fuerza de las sensaciones que en esos momentos puedan embargarme, ingrávido, como ausente, que diría Neruda, y atrapar con el olfato los aromas que desprenden las flores (tengo sobre todo rosas y magnolias) mientras mis ojos se complacen en la muerte roja del Sol más allá del horizonte.
Es realmente una delicia. Me encantan los crepúsculos que se ven desde mi terraza, y eso que no hay mar; pero hay montañas, y hay silencio, y hay quietud… Resulta ciertamente fascinante ver cómo la luz se transforma, cómo el cielo azul se va enrojeciendo poco a poco con el arrebol, hasta arder en puro fuego con el holocausto final en el que el día es finalmente devorado por las sombras de la noche. Es como si la vida se detuviera por un momento, apenas movida por unos hilos diminutos, generando de algún modo una sensación de eternidad donde se agitan las emociones al modo de las abejas en un panal, a la manera de aquellos versos que venían a decir “igual que suenan olas en una caracola / así mis emociones me parecen eternas”. Hasta que finalmente baja el telón y cae la noche.
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