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¡Emociones! Son las que al contacto con la piel la convierten en un acelerado carrusel de sensaciones, en un ir y venir de escalofríos que tensa los nervios como si de las cuerdas de un afinado violín se tratase, las que hacen bullir la sangre con la ardentía del magma que la guía en su itinerario por venas y arterias.
¡Emociones! Constituyen todo un tsunami en sí mismas, un ciclón cuyas consecuencias, cuando se despliega en toda su pujanza, son ciertamente imprevisibles; una fuerza casi siempre ingobernable, superior a menudo a la de la voluntad, una fuerza que emana de dentro y que trastoca la realidad circundante, que a veces da miedo, precisamente por el hecho de escapar a nuestro control, pero que es en el fondo la que te hace vivir, la única capaz de transformar una existencia plana en un infinito que, volatinero y caprichoso, se preste a curvarse en todas direcciones.
Sólo las emociones son capaces de penetrar en lo más hondo del espíritu humano y plantar allí sus estandartes con la ferocidad de invictos conquistadores, pugnaces e impasibles demonios contra cuya invasión deviene estéril cualquier resistencia, sacudiendo al hacerlo nuestras vísceras y soliviantando los sentidos en una alocada tremolina que lleva al enaltecimiento, que nos encumbra hasta cimas y dimensiones cuya existencia muchas veces ni siquiera presumíamos. Esos demonios son, en efecto, las emociones.
Y los califico como demonios únicamente por su dinamismo, puesto que crueles, aunque pueden llegar a serlo, no lo son de por sí; todo lo contrario, de sus fauces manan en principio placeres y goces, por más que con el tiempo su elixir pueda transformarse en tósigo. Pero sí, son demonios que, como tales, invaden las almas y el libre albedrío se torna entonces naturaleza muerta, de tal manera que ninguna clase de gobierno resulta ya viable y de nuestras manos escapa todo resto de vigor. Los hay quienes, azorados ante esa pérdida de identidad, tratan de oponerles resistencia. Estéril cruzada la suya. Lo más sensato a esas alturas es ya dejarse llevar, permitir que la corriente nos arrastre y nos zarandee a través de esa cascada indómita sobre la que fluye, abandonarse a su empuje, elevar si acaso los brazos hacia el infinito para empaparse de la lluvia que cae, lluvia compuesta de néctar y ambrosía, y paladear cada gota como en el desierto gozaría del agua un sediento.
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