Ofrecer sin esperar y sin que nos lo hayan pedido provoca un estado
de alegría a todos los que nos rodean.
Hace un par de días cuando fui a comparar al Río, me encontré en la caja
con una anciana que había comprado media sandía enorme. Yo iba con
prisas, cómo es habitual en mí. Me supo mal ver a la mujer con semejante
media sandía, así que le pregunté dónde vivía y opté por llevarle la sandía
a su casa, que era bastante lejos. No hace falta decir lo muy contenta que
se puso la pobre mujer. Todo eran elogios hacia mí.

