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Mucha gente romantiza los reencuentros felices porque son extremadamente raros. Es como celebrar que a alguien le toque la lotería o que sobreviva tras estar cuatro noches entre los leones hambrientos de una manada, oliendo a gacela de Thomson.
Son situaciones muy bonitas y curiosas. Lo son por su rareza.
Esto de que la gente aprende de sus errores está muy bien, aunque muchos cambios son existenciales. Las parejas son tratadas con diferentes varas de medir. De mejor a peor. Esa categoría de 'únicos' de la que nos arrogamos no va por el camino que pretendemos.
Una vez que se acaba la relación es imprescindible asumir que, aunque esa persona cambiara de alguna forma, dará igual. Ya no importa. Esa persona no es protagonista de nuestra vida, ni nosotros somos protagonistas de la suya.
Solo las separaciones de mutuo acuerdo, sin ápice de daño o agravio tienen esa remota posibilidad de segunda parte. O las que han sido largas y poco sufridas, de una madurez envidiable. El resto de segundas partes son agrias, inviables, muchas de ellas basadas en el apego, generalmente egoísta. No hay lugar a regreso. Y dudo mucho que tampoco funcione una simple amistad. Es mejor dejar las cosas como están y alegrarnos de que la vida continua, hasta que el cuerpo aguante.
Si alguien mejora tras cometer el daño, ese daño que bien sé que nunca sale gratis, hará bien en demostrar su cambio con personas venideras y recibir lo mejor. Siempre lo mejor. De alguna forma se tiene que recompensar tan noble propósito, ¿no?
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