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Usuario Experto
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Erase una vez…mas allá de las fronteras de los reinos humanos, que existía un lejano país de rosadas cumbres, poblado por muchos y sabios habitantes….En este hermoso lugar, bajo la sombra de los milenarios robles, las buenas gentes grababan en la dura corteza, con tesón y paciencia, rimas de pasión y alegría, de tristeza y soledad, y de todas aquellas emociones que pueblan el corazón. Porque la razón de la existencia del reino era su sabiduría, y el consuelo que las almas atormentadas alcanzaban al leer tales rimas. Todo en nombre del Amor.
En este florido país vivían las más extensas especies fruto de la fantasía…Sátiros y ninfas, duendes y hadas, príncipes de todos los colores y princesas encantadas, animales parlantes y espíritus humoristas. Y todos ellos vivían en paz, arropados en la comunidad de la cual aprendían y a la cual servían con su conocimiento, su risa y su buen hacer. Tal lugar era gobernado por un sabio Rey, meritorio y poderoso, que sacrificando años de su existencia, hizo brotar el reino de la nada, en un despliegue de generosidad que pobló los rosáceos valles, las verdes montañas, y los amplios bosques donde se tallaban los consejos que habían de leer los caminantes que visitaban el reino.
Pero el Rey, aunque fuera un poderoso mago, era un simple mortal, no podía afrontar solo la ingente tarea de gobernar tan majestuoso reino, y he aquí que convoco a los más sabios de entre su pueblo para que le ayudaran en la misma. De entre las buenas gentes eligió solo a los más sabios y a aquellos que más rimas habían escrito en los arboles del bosque del consejo, y estos escogidos, pasaron a ser los jueces y consejeros que administraban el reino en nombre del rey. Para ello el Rey los invistió con poderosa y arcana magia, haciéndolos superiores a los demás duendes que poblaban el reino. El Rey, satisfecho con su elección, se retiró a descansar, y a grabar sus propias rimas en la corteza de ancianos robles, feliz con su recuperada libertad.
Los jueces, con sus recién adquiridos poderes mágicos, se dedicaron a mediar en las inevitables disputas que acaecían entre los duendes, haciendo uso de su hechicería para borrar las rimas que se alejaban de la verdad, para hacer que las historias estuvieran cada una en su arboleda correspondiente, y para dar lugar a una coexistencia pacífica en el reino. Normalmente, las buenas palabras y alguna regañina eran suficiente para llamar al orden a los traviesos duendes, pero he aquí que el Rey les había dotado con un terrible y oscuro don….el de arrojar fuera de las cómodas y cálidas fronteras del reino a cualquiera de los duendes, obligándolo a morar en las frías estepas de la sinrazón que acechaban mas allá de las puertas en forma de corazón del reino. Los jueces no abusaban de este poder, sabedores de la responsabilidad que conllevaba, y del terror y la confusión que podían infringir a los despreocupados duendes con tan terrible castigo. Y así, aun con altibajos y discusiones, la paz del reino era mantenida, y todos disfrutaban de las rimas….y del Amor.
Sucedió, no obstante, que en este reino moraba una pequeña princesita encantada….en modo alguno malvada, pero veleidosa y traviesa, caprichosa e infantil, que gustaba de mortificar a los demás habitantes del reino. Tiraba de las orejas de los asnos parlantes, les robaba su flauta de pan a los sátiros, e incluso la emprendía contra las princesas mayores, las cuales, comprensivas, se reían y lo achacaban todo a su corta edad. Sin embargo, con el tiempo la caprichosa princesita, al ver que nadie la castigaba por sus travesuras, y que incluso cuando los jueces la maldecían con el destierro, este le era prontamente levantado, fue aumentando el nivel de sus maldades, hasta un punto en que dejaron de ser meras travesuras, y pasaron a incomodar al resto de los duendes.
Muchos duendes pidieron ayuda a los jueces, pero he aquí que estos estaban mudos, y cuando eran interrogados, decían que en su árbol de la justicia nadie había grabado rimas reclamando ayuda. Como podía ser esto posible?. Así, queridos lectores se daba que una juez, errando en su propósito vital, cegada por el amor y la compasión que sentía hacia la descarriada princesita, borraba cada una de las justas rimas con las que los duendes protestaban contra la ella. Los jueces, y el Rey, por tanto, permanecían en la oscuridad de la ignorancia. (Continua en el siguiente post)
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