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Yo quiero que llegue el otoño en la fecha estipulada, cuando el día dure igual que la noche, allá por septiembre.
Aunque parezca un viejete acartonado de tiempos pretéritos, soy de recibir al sol con los brazos abiertos y que me pique un poco el calor, resguardándome en la sombrilla, con ron caribeño y abanico, refrescándome en un baño al aire libre.
Eso sí, el bochorno me mata, aunque no el salitre y el cloro, que son aromas que suelo echar en falta cuando cae el invierno; es inevitable. Si los calores fueran más suaves, perfecto, perfectísimo.
Eso sí, cuando las hojas de los árboles cambien de tonalidades en otoño, estaré en primera fila, porque esa belleza y esa nostalgia que da la llegada de los primeros frío es un hermoso espectáculo que nadie se debería perder. Aguardaré sin impaciencia ese momento.
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