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Usuario Experto
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Respondiendo hace un rato en el hilo que abrió Jumma, hice una referencia a “Carmen”, la famosa ópera de Bizet, que confieso es una de mis favoritas. Lo cierto es que, más allá de sus excelencias musicales (que son muchísimas), lo cierto es que esta ópera da mucho que pensar sobre el concepto y la naturaleza de eso que llamamos “amor”.
La propia Carmen lo define a su modo cuando entona su habanera y dice aquello de “el amor es un pájaro rebelde que nadie puede domesticar, sin que de nada sirvan las amenazas ni las plegarias”, o bien “el amor es un gitanillo que jamás conoció la ley”. Sí, así define Carmen el amor. Pero ese es sólo su amor, el amor de Carmen, el amor de todas las Cármenes del mundo, un amor vehemente y arrebatado, pero al propio tiempo evanescente, frívolo, voluble como el propio humo que lo envuelve.
Carmen ama con facilidad, pero se desenamora con idéntica facilidad, pues su amor es, en efecto, indomesticable y no puede estar sujeto a ley alguna, sino que, por el contrario, es libre e impetuoso como un huracán.
La contrapartida a ese tipo de amor la encontramos en su antagonista en la ópera, Don José, que representa, al menos en un principio, antes de ser hechizado por la propia Carmen y arrastrado por ésta a un torbellino donde perderá la razón y finalmente la vida, otra clase de amor muy diferente al de Carmen. Don José es un hombre de honor, un hombre asentado sobre sólidos cimientos que se ramifican en valores y principios tales como el honor, el deber, la familia…, y su idea del amor va en consonancia con esos principios, dando lugar a un amor fiel y firme, sin veleidades ni estridencias, menos efervescente quizá, pero más asentado y estable.
Don José habría sido seguramente feliz junto a Micaela, porque Micaela también es Don José, en cuanto a que participa de sus mismas convicciones y principios y, como tal, representa un amor sereno y transparente, sin grandes alharacas pasionales, pero sí consistente y equilibrado. Don José y Micaela habrían con toda seguridad formado una familia, tenido hijos y envejecido juntos sin apenas perturbaciones en su vida común. Ese es el amor de don José.
Pero Carmen no ama así. Carmen es ese pajarillo que no se puede retener en ninguna jaula, ni bajo amenazas ni bajo ruegos. Carmen se compenetra perfectamente con hombres como Escamillo, el torero, con quien puede vivir una tórrida pasión durante cierto tiempo, conscientes ambos de que aquello por fuerza está sujeto a un final, pero saboreándola y disfrutándola entretanto con fruición desmedida, para terminar luego cada uno por su camino sin excesivo sufrimiento. Porque Escamillo es también Carmen, en cuanto a que el suyo es asimismo el amor de Carmen.
Y, sin embargo, Carmen enamora a don José, y al hacerlo trastoca por entero su personalidad, transformando su habitual temple sereno en otro propio de un ser enfermizo, celoso, suspicaz, colérico…, metamorfosis que tenía inevitablemente que darse, no en vano forzada venía por la unión de dos formas de entender el amor totalmente incompatibles, mixtura que no podía sino conducir a la tragedia, como así efectivamente sucede al final. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué obra Carmen de ese modo? ¿Por capricho? ¿Por diversión? ¿Por engrosar su colección de amantes con una nueva pieza, en este caso un representante de la ley? ¿Es tan solo el destino, como la propia Carmen da a entender? Un poco de todo seguramente, pero el caso es que esa habanera que Carmen canta en medio de la plaza es el punto de partida de la tragedia. Y esa flor que entrega al pobre don José simboliza en el fondo una cadena, una cadena a la que desde entonces y para siempre quedará ya atado (“la flor que me entregaste la conservé aun marchita…”). Y lo paradójico es que la propia Carmen le previene en su habanera del peligro que corre si entra con ella en lances de amor, repitiendo una y otra vez aquello de “si yo te amo, ah, entonces ten cuidado”.
El bueno de don José no hace caso, sin embargo, a dicha advertencia y acaba renunciando a todo por el amor de Carmen. Renuncia a su dignidad, a su condición de oficial del ejército, de donde deserta, a sus principios, a su propio orgullo de hombre. Renuncia a todo y se convierte en un forajido, todo por el amor que Carmen ha inoculado en su sangre, un amor que no es acorde con su propia idea del amor y que, al asumirlo, lo lleva a hundirse hasta los límites mismos de la esclavitud. “Soy un objeto tuyo”, llega a decirle… ¡Es tan triste!
Lo cierto es que las uniones entre Cármenes y don Josés, dado el diferente amor que ambos simbolizan, no pueden en modo alguno funcionar, y cuando tienen lugar está claro que el don José de turno sufrirá irremediablemente. Es casi imposible que sea de otra forma.
Pero ¿qué opináis vosotros? ¿Os identificáis más en vuestra forma de amar con el concepto de amor que representa Carmen, ese gitanillo sin sujeción a ley ni norma alguna, o en el de don José? ¿Habéis sido Carmen en alguna ocasión y roto el corazón de algún don José que se cruzó en vuestro camino? ¿O habéis por el contrario más bien desempeñado el papel de don José frente a una Carmen caprichosa y ligera?
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