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Le conocí en un periodo de prácticas. Él ocupaba un cargo superior al mío, yo estaba solo aprendiendo mientras él estaba trabajando. Tanto él como yo estábamos supervisados el 80% del tiempo por nuestros superiores. Me enseñaba todo lo que sabía porque en teoría esa era su función, pero en realidad él no era mi responsable directo ni tenía por qué haberse tomado tantas molestias. Pero lo hizo. Y cómo lo hizo.
Cada mañana yo llegaba y me dedicaba a escucharle, a aprender pero también a fascinarme un poco más con su presencia. Al principio yo no veía nada raro en todo aquello. Se dedicaba a contarme detalles de nuestra profesión (si os la dijera sería más fácil de explicar, pero por si acaso prefiero guardar el anonimato), a explicarme procedimientos, a enseñarme cómo era su trabajo día a día, un trabajo que yo también tendré en un futuro no muy lejano. Hasta ahí todo normal. Pero entre explicación y explicación empezaron a colarse detalles personales. Con quién vive. Cuándo sale y cuándo no de fiesta. Sus sueños. Sus frustraciones. Sus aficiones. Sus experiencias pasadas. Y todo lo contaba con una naturalidad encantadora. Hacía mucho tiempo que un hombre no me abría tanto su corazón, me parecían detalles demasiado íntimos como para contar a cualquiera. Me dio por pensar que si me mostraba tanto de él era porque le interesaba que yo le conociera mejor. Y que si quería que yo le conociese era porque tenía cierto interés en mí.
Aparte de eso, se mostraba siempre muy atento conmigo. Se preocupaba porque yo aprendiera, porque me implicara en su trabajo. Me saludaba y me despedía por mi nombre todos los días (esto lo remarco porque era el único de todos mis superiores que lo hacía). Nunca me decía que me fuera (muchas veces los que estamos de prácticas estorbamos y nos invitan a irnos, pero él jamás lo hizo). Me preguntaba por mi rutina, por mis estudios, a qué quería dedicarme... incluso un día me preguntó que qué tal había descansado la noche anterior. Llamadme rara, pero a mí eso me pareció adorable. Y en nuestro contexto profesional me pareció también un poco fuera de lo habitual.
Así pasaron aproximadamente unas dos semanas. Ese fue otro de los motivos de mi sorpresa: que había conocido muchísimas cosas de su vida en muy poco tiempo. Pero como todo lo bueno se acaba, llegó mi último día de prácticas. Llevaba toda la semana esperando ese día porque pensaba que me daría su número de teléfono. Quise pensar que no lo había hecho antes porque consideraba que este sería el mejor momento. Me había jurado que si él no me lo daba yo se lo pediría, pero no fui capaz. En su lugar me fui con las manos vacías y con una despedida bastante más fría de lo que esperaba. "Ya nos veremos por la empresa", fue lo último que me dijo. En su defensa debo decir que cuando nos despedimos sus jefes (y los míos) estaban justo al lado. Además estaba súper agobiado porque justo ese día había mucho trabajo acumulado para todos.
Me quedé con la cara de tonta. Con las ganas. Con la rabia. Realmente pensaba que entre los dos había química, que él suspiraba por mí tanto como yo por él. Más incluso cuando ese último día fue en el que mejor me trató, en el que más sonrisas de complicidad y gestos de confianza tuvo conmigo. Pero como chica tímida que soy no tuve el valor de pedirle el teléfono. Creo que si un tío quiere te lo da, y si él no dijo nada será que no tenía el interés que yo imaginaba... lo único de lo que fui capaz fue de agregarle al FB esa misma tarde (y me aceptó pasados 2 minutos exactos, esto os lo cuento porque tengo amigas que quieren ver en eso un dato relevante... yo no estoy muy segura).
Y ahora, si habéis llegado hasta aquí, ahí van mis preguntas... ¿creéis que me hice ilusiones de la nada, o que tienen cierto fundamento? ¿Pensáis que no hizo nada más por vergüenza o por desinterés? A día de hoy ha pasado solo un día desde que le agregué y no me ha dicho nada... ¿debo decírselo yo u olvidarme del tema si no da señales de vida?
Gracias por leerme... espero con ansias vuestras opiniones.
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