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Muchísimas veces. Desde que tengo uso de razón hasta ahora. Siempre pensé que no llegaría a la mayoría de edad y ahora voy a cumplir el cuarto de siglo.
El suicidio no es cuestión de cobardía o valentía sino de querer existir o no querer. Nadie nos formula esta pregunta y, por inercia, el instinto de supervivencia la resuelve solo: existimos para existir. Sin embargo, hay personas que no lo desean, que quieren elegir el momento de su muerte, que quieren decidir, por una vez, sobre su existencia. Y éste es un derecho que todos tenemos: decidir sobre nuestra existencia. Y no sólo en caso de enfermedad terminal, cuando precisamente muchas veces nuestra capacidad de decisión está mermada sino especialmente cuando nuestra mente está lúcida y clara. Nadie nos puede obligar a vivir en contra de nuestra voluntad pues éso no es vivir sino sobrevivir.
No hay que buscar las causas, no necesariamente existen problemas personales. El impulso suicida es un sentimiento que no responde a lógicas: se siente o no se siente. Uno puede decir que quiere suicidarse por esto, por aquello y por lo otro de igual manera que uno dice enamorarse por esto, por aquello y por lo otro cuando son sentimientos cuyo origen, a nivel emocional, desconocemos. Uno no puede convencer a un suicida para no suicidarse como uno no puede convencer a un enamorado para que deje de amar.
Y, al igual que el enamorado no correspondido, el potencialmente suicida se siente incomprendido, impotente. ¿Por qué siento ésto? ¿Por qué no puedo controlarlo? ¿Por qué yo, que no deseo vivir, vivo y quien no desea morir, muere? ¿Por qué no puedo dar mi vida por ellos? Y así empieza la lucha interior de sentimientos encontrados. Y es ahí donde la vida va ganando terreno y evita, por el momento, el desenlace. Pues cada día de nuestra vida, todos, consciente o inconscientemente, decidimos entre la vida y la muerte. Hoy hemos apostado por la vida, mañana será otro día.
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